In memoriam José Alberto.
—
Todo comienza con esa llamada muy temprano en la mañana, tan temprano que el cerebro no alcanza a analizar toda la información que el teléfono está disparándole al oído. Esa llamada confirmando eso de lo que durante mucho tiempo quisimos evitar hablar. Esa llamada que dice que esta vez, el cáncer ganó.
Después, un día largo. De esos días que parecen no acabar nunca, cuando todo lo que te rodea es una nube de incertidumbre, cuando no puedes creer nada de lo que está pasando. Un día en el que intentamos contener las lágrimas, porque si empezamos a llorar sería como admitir que todo es real, que de verdad te fuiste. Un día donde un abrazo se siente más fuerte, donde una mirada tiene más palabras. Ese día donde no faltó nadie.
En mis veintitantos años de vida he perdido a pocas personas, pero a ti te extraño todos los días. Tal vez no te lo digo, y tal vez no se lo digo a nadie, pero te extraño. Siempre hay algo que me recuerda a ti y por un momento me pongo triste. Pero es sólo un momentito, e inmediatamente después recuerdo algún video que me mostraste o alguna broma que me hiciste y se me quita.
Todos los días alguien te recuerda, apareces en una conversación o en una foto. Aunque no estás aquí, estás en esa canción que te juro que se volvió más popular desde que te fuiste.
Hay momentos en los que Dios no es razón suficiente y nunca acabaré de entender por qué tuviste que dejarnos, pero sé que no te fuiste sin dar batalla.
A veces quiero que regreses y poder decirte todas las cosas que no te dije antes de partir. Decirte que eres mi símbolo de fuerza, mi punto de referencia cuando hay una situación difícil en frente. Que aunque no soy religioso, más de una vez recé por ti.