Cosas que no te dije

Pensamientos y demás.


3 comentarios

A veces te extraño, siempre.

In memoriam José Alberto.

Todo comienza con esa llamada muy temprano en la mañana, tan temprano que el cerebro no alcanza a analizar toda la información que el teléfono está disparándole al oído. Esa llamada confirmando eso de lo que durante mucho tiempo quisimos evitar hablar. Esa llamada que dice que esta vez, el cáncer ganó.

Después, un día largo. De esos días que parecen no acabar nunca, cuando todo lo que te rodea es una nube de incertidumbre, cuando no puedes creer nada de lo que está pasando. Un día en el que intentamos contener las lágrimas, porque si empezamos a llorar sería como admitir que todo es real, que de verdad te fuiste. Un día donde un abrazo se siente más fuerte, donde una mirada tiene más palabras. Ese día donde no faltó nadie.

En mis veintitantos años de vida he perdido a pocas personas, pero a ti te extraño todos los días. Tal vez no te lo digo, y tal vez no se lo digo a nadie, pero te extraño. Siempre hay algo que me recuerda a ti y por un momento me pongo triste. Pero es sólo un momentito, e inmediatamente después recuerdo algún video que me mostraste o alguna broma que me hiciste y se me quita.

Todos los días alguien te recuerda, apareces en una conversación o en una foto. Aunque no estás aquí, estás en esa canción que te juro que se volvió más popular desde que te fuiste.

Hay momentos en los que Dios no es razón suficiente y nunca acabaré de entender por qué tuviste que dejarnos, pero sé que no te fuiste sin dar batalla.

A veces quiero que regreses y poder decirte todas las cosas que no te dije antes de partir. Decirte que eres mi símbolo de fuerza, mi punto de referencia cuando hay una situación difícil en frente. Que aunque no soy religioso, más de una vez recé por ti.


Dejar un comentario

Tal vez aún no lo sabes, pero mereces lo mejor.

Mereces lo mejor. Siempre. A menos que seas el tipo de persona que llena una cubeta de cachorritos y los lanza a un lago como si fueran piedras, mereces lo mejor. Si estás con alguien que te trata como cachorritos en una cubeta, tienes que ampliar un poco la perspectiva que tienes de tu propia vida. ¿Qué haces en esa cubeta?

Esa persona es como una bebida que engorda más de lo que embriaga, no vale la pena. Y no te limites a estar con alguien que no te merece sólo porque no hay nadie a la vista que podría ocupar su lugar. Tú no lo ves así pero, en realidad el lugar que le dedicaste es mucho más grande que él o ella. No se requiere precisión quirúrgica para remover a alguien de tu corazón, sólo necesitas un poquito de autoestima y una o dos cervezas platicadas con tu mejor amigo. Y cuando ya no ocupe un lugar en ti te darás cuenta que tienes un gran espacio por llenar y que hay personas más grandes a quienes les queda justo.

Atrévete a salir de tu zona de confort (que si se reduce a estar con esa persona, no puede ser muy cómoda). Conoce otras opciones. Busca a la persona que celebre tus éxitos, y no enmarque tus fracasos para colgarlos sobre tu cama; que vea tu belleza cuando estás en pijamas, y no te haga dudar mientras te ves al espejo; busca alguien que te abrace mientras lloras, y no que te deje llorando. Pero antes de agarrar las llaves de tu carro y lanzarte a buscarla, aprovecha que ya te quitaste ochenta kilos de encima y respira, que hace mucho que no lo haces.

Alguien te mintió, te rompió, te hizo llorar, te engañó  y te hizo dudar de ti mismo.  A muchos les ha pasado, y te diría que no importa, pero te estaría mintiendo. Sí importa que esa persona te haya lastimado. Es algo que de alguna manera te marcó y desde entonces, vas por la vida con una cicatriz que ocultas debajo de tu ropa. Pero no dejes que esa cicatriz sea más importante que tú.

Si hay alguna cosa que no dijiste, déjala en un comentario o envíame un correo; este tema lo sugirió un amigo hace unas semanas.


4 comentarios

El miedo a perderte.

No creo ser la única persona que le tiene un miedo irracional a perder algo que durante mucho tiempo quiso tener. Es como esperar años a que Celine Dion de un concierto en tu ciudad y un día antes te das cuenta que perdiste los boletos por andar de borracho en una fiesta, o comprar el carro de tus sueños y chocar saliendo de la agencia.

Y puedes perder eso que tanto quieres por muchas razones. Tal vez no era lo que esperabas, tal ves no eres lo que esperaba; puede haber un accidente, una enfermedad, o una distancia que se interponga y los separe; o tal vez Dios, o quien sea que decide esas cosas, decidió que ese no era el plan adecuado para ti. Incluso existe posibilidad de que no tengas razones para tener miedo, y al final todo salga como lo imaginaste.

A veces el miedo a perder algo es tan grande que ni siquiera te atreves a tenerlo. E inventas excusas y construyes obstáculos sólo para no alcanzar eso que quieres, no vaya a ser que ya teniéndolo en las manos, se te escape.

Ese no es mi caso, yo ya tengo lo que quiero, pero siendo honesto, tengo miedo a perderte. Tengo miedo a perder mis planes y sueños que de alguna manera se conectan con los tuyos. A veces me da miedo no discutir contigo porque tú quieres ponerle el nombre de tu madre a nuestra hija y yo le quiero poner Emma (en honor a Emma Watson, claro). Tengo miedo de no llegar juntos al momento de nuestras vidas donde firmemos ese papelito que dice que legalmente nos pertenecemos y que te puedo demandar si un día decides cambiar de opinión.

No puedo evitar tener miedo a que un día despierte y no haya en mi teléfono un mensaje tuyo deseándome un buen día. O que te canses de mi o yo de ti o todo el mundo de nosotros. Me da miedo no estar contigo lo suficiente, y pasar demasiado tiempo juntos. Que no hagamos ese viaje por muchos países que costará una fortuna, pero está bien porque es algo que haremos sólo una vez.

Tengo un miedo irracional a perderte, a que todo lo que hemos planeado no se haga realidad, pero al final lo que calma mi miedo es imaginar el futuro. Visualizar un escenario donde mi miedo fue en vano, ese futuro en el que hacemos ese viaje, tenemos esa casa y una hija, que tendrá el nombre de Emma (o el de tu madre, todo depende si fue águila o sol).


Dejar un comentario

No encontramos el amor en un lugar sin esperanza.

El amor no está en el antro al que vas todos los sábados—o jueves o viernes o domingos o cuando sea que salgas a beber excesivamente ondeando la bandera que dice que eres soltero. La profecía de Rihanna dice que encontrarás el amor en un lugar sin esperanza, pero ese lugar dudosamente tiene cover de doscientos pesos.

En busca de la tierra prometida, muchos sucumben a la tentación de interacciones con el sexo deseado acompañadas de música estridente, espacio reducido (que los obliga a estar más cerca) y besos con sabor a Kraken. Pero la mayoría de las veces, lo único que resulta de besarte con más de un desconocido en una noche son muchos mensajes y llamadas de esa persona que después de siete cervezas y dos shots de tequila es mucho más atractiva que un domingo de cruda. O en el peor de los casos, mononucleosis. Porque encontrar el amor, es como manejar: no se debe hacer bajo la influencia del alcohol.

Encontrar amor verdadero es como encontrar el trabajo de tus sueños. Tienes que armarte de valor y a mandar muchas solicitudes, de pocas recibirás respuesta y la mayoría serán negativas; te preparas para las entrevistas y te ves al espejo tres veces antes de salir para asegurarte de que te ves aceptable para la persona que conocerás; vas a tener breves trabajos que en realidad no disfrutas y eventualmente renunciarás; tal vez consigues el trabajo que tenías tanto tiempo buscando y en cualquier momento te pueden despedir. Y tal vez, sólo tal vez, al final terminas en el trabajo de tus sueños, con oportunidad de crecimiento, horarios flexibles y una o dos semanas de vacaciones al año.

Y la verdad es que no hay fórmula para encontrar el amor, aunque haya muchas formas de conseguirlo; el amor obra de maneras misteriosas. Cuando menos te lo esperas está delante de ti en la fila del Starbucks, a tu lado en el cine o entre tus mil seiscientos amigos en Facebook. Y cuando Dios está de buen humor, los planetas se alinean o te despiertas del lado correcto de la cama, lo encontrarás y siempre existe la posibilidad de que esté esperándote con un shot de tequila en la mano, donde siempre lo estuviste buscando.


Dejar un comentario

El gusano en la manzana.

Este texto es viejo, muy viejo. Lo escribí hace unos cinco años y hoy me lo encontré.

Érase una vez una persona. Esta persona pasó toda su vida llorando amores, y siempre creyó que mientras más lloraba, menos problemas habría. Que si sufría por un amor y lloraba, éste regresaría a sus brazos. Así las lágrimas corrieron por sus mejillas, día a día como gotas de lluvia en los techos de Londres.

Siempre escribía poemas, historias, cartas o cualquier cosa para desahogar su apretado corazón. Le escribía a la persona que amaba, le decía que le extrañaba, le rogaba que volviera. Le contaba las lágrimas que derramaba, pero parecía no importar lo que escribiera, pues nunca enviaba las cartas que pasaba horas escribiendo. Ya que la ponía en el sobre, lamía el pegamento en el borde y en el dorso de la estampilla, cuidadosamente la pegaba y escribía la información en el sobre con letra impecable, y finalmente la guardaba en un cajón.

Un día despertó con una nueva visión. Se dio cuenta de que su vida no podía girar en torno a alguien que ya no estaba, que de nada servía empapar sus almohadas con lágrimas saladas, que su amor no regresaría y que debía cambiar la forma en que le extrañaba.

Abrió su cajón y tomó todas las cartas que había escrito, las metió en una cubeta y las encendió.

Se paró frente a la cubeta encendida y vio sus palabras quemarse como almas en condena. Mientras el seductor fuego bailaba con el viento, pensaba.

Cuántos poemas gastados, cuántas cartas sin enviar. Cuántas lágrimas desperdiciadas. Sus besos eran sólo un recuerdo insípido, un pedazo de fruta vieja.

Por su rostro, en vez de lágrimas, corrían gotas de sudor por el calor del fuego. Con una sonrisa en sus labios se dio cuenta de que la vida cambia. Hay momentos inesperados, como cuando te despiertas a media noche, o cuando sacas a pasear al perro, en que la realidad se asoma como el gusano en la manzana. Y como si tu vida fuera una historia mal contada, cambia.

No es que no le amara, es que ya no le podía extrañar.


3 comentarios

Tan poco tiempo, veinte años atrás.

Tan poco tiempo, veinte años atrás ya ocupabas la vida que hoy tienes, pero eras otra persona totalmente. Ya eras capaz de balancear el peso de tu propio cuerpo dando pasitos que aunque sentiste que corriste un maratón, a penas le diste dos vueltas al sillón de la sala donde tus papás te veían jugar. Hoy de verdad corriste un maratón y sientes que sigues en el mismo lugar.

Hace veinte años aquel billete de diez pesos que te encontraste debajo de un cojín te parecía una fortuna y lo guardaste para cuando fueras más grande y pudieras comprar infinidad de cosas con él. Hoy intentas balancear tu salario de recién egresado con tu vida social y tus planes a futuro, y quisieras agregarle ceros a ese billete de diez pesos que ya dejó de existir.

Hace menos de veinte años el vecino de la casa de a lado era tu mejor amigo y la idea de pasar un día sin salir a jugar con él o invitarlo a tu casa era inconcebible. Hoy es una persona más en tu lista de contactos en Facebook que aunque tu celular te recuerde que cumplió años ayer, no te molestaste en felicitarlo (y él tampoco te felicitó en tu día, entonces no te sientas tan mal).

Hace veinte años Jurassic Park estaba a punto de estrenarse y fue la primera vez que supiste lo que era el miedo real. Britney, Justin y Christina cantaban en el Mickey Mouse Club y ver ese video sí te daría miedo ahora. Cuando eras un niño, ver Sailor Moon o los Power Rangers era la cúspide de tu entretenimiento y corrías de la escuela para alcanzar a ver el capítulo completo. Hoy te crees crítico de cine porque dijiste que una película era buena antes de que la nominaran al Oscar. Tus discos de Britney o los Backstreet Boys están escondidos en tu caja de la vergüenza que guardas en tu closet, detrás de toda esa ropa que no usas, porque hoy sabes que fue una mala decisión comprarla (pero nadie te juzga, todos tenemos mal gusto cuando tenemos dieciséis).

Hace veinte años te morías por el Easy Bake Oven que dejaste de usar cuando se te acabaron los ingredientes muestra que venían incluidos; hoy no te acercas a la cocina más que para buscar monedas para poder pagarle al repartidor de pizza que te visita tres veces por semana.

Tan poco tiempo, veinte años atrás sentías que tenías toda una vida por delante; todo era tan fácil, tenías muchos sueños y pocas responsabilidades. Hoy tal vez tienes más problemas que soluciones, más miedo que tiempo y sabes a dónde quieres ir aunque no sepas cómo llegar. Hoy tal vez no te das cuenta, pero la mejor parte de tu vida está por comenzar y no tiene nada que ver con Disney, Barbie ni las figuras de acción de los Power Rangers.

Daniel


1 comentario

No todas las rosas son rojas.

El amor es humano, se equivoca. Es imperfecto y ahí recae su propia perfección.

El amor es diferente y variable, nadie puede decirte exactamente qué es o cómo se siente porque nadie lo sabe. Es muchas cosas y nada al mismo tiempo.

El amor es el regalo de una rosa cuando no lo esperas, y es no recibir nada en Navidad. Es un domingo rutinario y un día de aventura.

El amor está en pelear por el nombre de tus hijos, aunque falten años para que nazcan. Es dividir la cuenta mitad y mitad y también es pedirte que la pagues porque hoy no tengo dinero.

El amor está en esa llamada llena de silencios y en colgar el teléfono abruptamente porque pasamos el límite de minutos gratis. Está cuando despierto pensando en ti y en quedarte dormido sin decir buenas noches.

El amor es pelearnos sin razón. Es el miedo irracional a no tenerte.

El amor es reírnos del pasado e imaginar un futuro. Es muchas cosas y nada al mismo tiempo.

El amor no eres tú ni soy yo, es nosotros.

—Daniel.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 2.187 seguidores